JOSE PERALTA
Sus ideas
acerca del socialismo en las que se anticipa a mucho de lo que ahora se llama
en América Latina.
José
Peralta es, indudablemente, uno de los pensadores fundamentales de la historia
ecuatoriana. La evolución de su pensamiento está marcada por precisos
derroteros de su vida: la regeneración de la patria, dominada en su tiempo por
la férula corruptora del clericalismo y sus aliados políticos conservadores; y,
el cumplimiento de lo que considera el destino de la raza humana: su
constante perfeccionamiento a través de la ilustración y la
modernización, mediante la educación, la ciencia y la técnica, es decir, la
reorganización racional de la sociedad, incluida una adecuada religión natural
garantizada por la más absoluta tolerancia.
En esa
búsqueda por contribuir con su país y su pueblo, Peralta pasa por la más
profunda metamorfosis ideológica, conforme le dictan su moral y sentimientos,
además de sus primeros desencuentros con una política hipócrita que contradice
los postulados que defiende y a la verdad que persigue incesantemente.
Hace
suyas las ideas liberales, pero no las tibias y moderadas, o las de acomodo y
compromiso con las clases explotadoras, sino las radicales, las llamadas a
hacer la mayor transformación social experimentada en la historia ecuatoriana.
Y como la luz llega a las mentes a través de textos con ideas esclarecedoras,
funda frenéticamente uno tras otro periódicos del nuevo credo para difundirlas
y trazar las tareas que deben emprender los ecuatorianos, para dejar atrás los
lóbregos tiempos medievales, tiempos de intolerancia, fanatismo, superstición,
ignorancia, sumisión, etc., tan bien descritos por él mismo en páginas antológicas
de su amplia producción sobre el tema. La consabida respuesta de autoridades
civiles y eclesiásticas contra sus periódicos libertarios no se hace esperar:
censuras, clausuras, anatemas, excomuniones, calumnias y dicterios que soporta
estoicamente, sin arredrarse, aunque peligre su vida.
Desde
entonces, tempranamente, su preocupación esencial es por las masas populares,
por los ecuatorianos humildes, por los parias de su tierra, por el proletario,
“ese ser indefinible que vemos cruzar nuestras calles, abrumado con la
indiferencia de sus hermanos, y llevando a cuestas la miseria y el dolor”,
nacido “para servir: ni esperanza para el corazón, ni luz para la mente, ni
elevación para el alma le ofrece la sociedad, en cambio de sus desvelos”,4 como
escribe en un artículo publicado en 1889, en su semanario democrático El
Constitucional. Gente sencilla, trabajadores cuya vida transcurre, en ciudades
y campos, en la mayor indignidad e indolencia, por la crueldad de quienes han
convertido a esa gran masa humana en fuente de enriquecimiento y de
explotación.
Para
junio de 1895, por derecho propio, Peralta tiene un bien ganado y merecido
prestigio. Se ha convertido en uno de los ideólogos nacionales del liberalismo
radical, al que las masas en la ciudad de Guayaquil vitorean y consideran
junto al nombre de Alfaro, el suyo, para regir los destinos de la patria,
de acuerdo a lo que afirma el historiador Jorge Núñez.5 Hasta 1897 seguirá con
su periodismo doctrinario para enrumbar la revolución ganada por las armas, sin
omitir críticas y expresar desilusiones cuando cree que se está desviando el
gobierno o el parlamento del camino correcto. Sobre su actuación en los
gobiernos de Alfaro, su labor y participación es ampliamente conocida. Al
respecto, baste señalar que acompaña al Viejo Luchador en los momentos más
difíciles de su gestión y es artífice, junto a él, de las mayores conquistas
materiales y espirituales, de la implantación de las nuevas instituciones
liberales y de una defensa denodada de la soberanía y de la integridad del
territorio nacional. Esa titánica labor cumple, hombro a hombro, con los
constructores del nuevo Ecuador desde los más distintos y altos cargos
públicos: la gobernación del Azuay, los ministerios de Educación, de Cultos, de
Hacienda y de Relaciones Exteriores, desde el parlamento, etc.
Regresemos,
mejor, a las profundas reflexiones que José Peralta hace en su exilio limeño,
recapitulando y sometiendo a severa autocrítica los errores cometidos por las
administraciones alfaristas, con miras a enmendarlas cuando el radicalismo
liberal, levantado en armas con el Coronel Concha a la cabeza, en ilusión que
no se cumple, redima la sangre derramada del Caudillo y sus correligionarios.
Varios son los errores que reconoce de la actitud de los radicales en el poder
arrancado por los evolucionistas como sarcásticamente califica a la alianza
antinatural de liberales y conservadores.






